Médica veterinaria examinando a un gato en consulta en Cat Medical Care

Nosotros también necesitamos cuidado

Hay algo que me cuesta mucho de esta profesión y que pocas veces digo en voz alta: terminar un día difícil y sentir que, además de todo lo que pasó con nuestros pacientes, tenemos que recuperarnos de la manera en que alguien nos trató.

Médica veterinaria realizando una ecografía felina en Cat Medical Care

Podemos entender el miedo. Conocemos la angustia de esperar un resultado, de no saber qué va a pasar, de querer una respuesta que nadie puede dar todavía. También sabemos lo que significa mirar a un gato que amamos y desear, con todas nuestras fuerzas, que se quede.

Lo sabemos como médicos y como familia.

En Cat Medical Care nos tocó despedir a Anito y a Odina. Sus nombres forman parte de nuestra historia y su ausencia nos duele. Eran nuestros gatos, parte de nuestra vida cotidiana, de ese lugar al que llegamos a trabajar y en el que también hemos construido afectos.

Ser veterinarios no nos preparó para extrañarlos menos. Saber de medicina no nos permitió salvarlos de todo. Nosotros también hemos tenido que aceptar que el conocimiento, el esfuerzo y el amor tienen límites frente a la enfermedad.

Por eso, cuando un tutor tiene miedo de perder a su gato, ese miedo no nos resulta ajeno.

Pero hay algo que necesitamos poder decir sin sentir culpa: comprender el dolor de alguien no significa tener que aceptar sus amenazas, sus insultos o sus gritos.

Me duele que esto necesite explicarse.

Me duele que una persona pueda dedicar su jornada a cuidar y terminar sintiéndose intimidada. Que tengamos que felicitarnos por haber soportado una conversación sin llorar. Que en algún momento hayamos confundido ser profesionales con aguantar cualquier cosa.

Hay palabras que siguen haciendo daño después de que termina una consulta. La persona que las dijo puede irse a casa; quien las recibió todavía tiene pacientes que atender, decisiones que tomar y familias con las que hablar.

He pensado mucho en cómo levantar el ánimo de nuestro equipo. En cómo recordarles que su trabajo vale, que los vemos, que nos importa lo que les pasa. Hemos buscado maneras de acompañarnos, de tener detalles, de recuperar un poco de alegría entre días difíciles.

Y también he entendido que ningún detalle, por bonito que sea, alcanza si seguimos aceptando el maltrato como parte del trabajo. Cuidar a nuestro equipo exige escucharlo, respaldarlo y poner límites.

Quiero ser muy clara: pedir respeto no nos deja por fuera de la responsabilidad que tenemos.

Los tutores tienen derecho a preguntar, a recibir explicaciones comprensibles, a conocer las opciones y los costos, a expresar una inconformidad y a buscar una segunda opinión. Si cometemos un error, corresponde reconocerlo, dar explicaciones y actuar. Nuestra profesión necesita honestidad y revisión constante.

Todo eso puede exigirse sin humillar a nadie.

Podemos conversar sobre una decisión médica. Podemos revisar lo ocurrido. Podemos escuchar el enojo, aunque resulte incómodo. Pero una amenaza no ayuda a esclarecer un caso, y un grito no nos permite cuidar mejor.

Médica veterinaria administrando medicamento oral a un gato siamés

A los tutores que leen esto les pido que recuerden que la persona frente a ustedes también siente. A veces tendrá que comunicar algo doloroso. Otras veces tendrá que decir “todavía no lo sabemos”. Merecen que se los explique con paciencia, claridad y respeto. Esa misma persona merece poder hacerlo sin miedo.

A mis colegas quiero decirles algo que yo también estoy aprendiendo: no tenemos que esperar a estar desbordados para pedir ayuda. Podemos reconocer que una situación nos afectó, necesitar una pausa o pedir que alguien nos acompañe en una conversación difícil.

Nuestra vocación no se mide por cuánto maltrato somos capaces de soportar.

Y a quienes dirigimos equipos nos corresponde hacer más que pedirles fortaleza. Tenemos que crear condiciones en las que puedan decir “esto me está haciendo daño” y encontrar una respuesta.

Sigo amando la medicina felina. Me importan profundamente mis pacientes y las familias que confían en nosotros. Precisamente por eso quiero que podamos hablar de lo que nos duele, antes de que el cansancio nos quite las ganas de ejercer una profesión que elegimos con tanto amor.

Anito y Odina tienen un lugar permanente en nuestra historia. Pensar en ellos también me recuerda cuánto cariño puede existir dentro de una clínica, cuánto se comparte y cuánto se pierde.

Ojalá cuidemos ese lugar y a las personas que lo hacen posible.

La próxima vez que entres a una consulta con miedo, con preguntas o incluso con enojo, mereces ser escuchado. Solo te pido que recuerdes algo:

Quien está cuidando a tu gato también merece cuidado.

Yinet Sánchez
Cat Medical Care